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martes, 23 de abril de 2013 a las 1:48
Sonaba "You and me" de Wilco y el sol monopolizaba un cielo por el que yo iba a escaparme de allí en cuestión de minutos. Miré a través de la ventanilla, diciendo adiós en silencio a mis raíces hasta quién sabía cuando. Nuestro poder de decisión es limitado. Encuentros, desencuentros y no-encuentros: había elegido el primero y el último; pero el de en medio siempre acechaba.

Cogí una revista y soñé con ver mi nombre escrito bajo un titular ingenioso. Después, me espantaron tres faltas de ortografía seguidas y me horrorizó que cobraran 5 euros por ello. Al levantar la vista estaba ya surcando el cielo; reconocí las calles de aquella maqueta diminuta en que se estaba convirtiendo mi ciudad. Y entonces, sentí algo inigualable. Distinguí mi casa a vista de pájaro. El lugar donde, inapreciables a mis ojos pero reales, ellos estarían sentados en un sofá, reseteando el contador de mi ausencia. Distinguí las vías del tren y, más allá, la arquitectura de un pseudogenio desde mi posición de semidiós en las alturas. Mi corazón no latió como unos segundos atrás. El dinero no puede comprar los sentimientos.

Continué leyendo el resto del viaje, mientras el sol se acercaba al colchón de nubes allá abajo. Una luz anaranjada tintaba las paredes del avión y la pareja cuarentañera sentada a mi lado dormía sin calzado. Una calma ligera fluía a través de aquella luz. Entonces me di cuenta de que llevaba casi dos horas leyendo, sumergida de pleno en otro mundo. No echaba de menos mi móvil, no echaba de menos mi portátil. Estaba sola y sabía a madurez. Hay madureces que saben demasiado dulce, tanto que empalaga, pero la mía acababa de empezar y sabía a melocotón fresco. Tres chicos hablaban en el pasillo, levanté la vista y cacé unos ojos marrones. La volví a bajar a la revista. Cuando volví a mirar, los ojos marrones me cazaron a mí. Sonreí inconscientemente. Después pasé a ser una víctima de caza más y solo atraje la mirada de su amigo carroñero. Pero ambos eran una fauna respetable en aquel ecosistema efímero.

Medía la altura, diez mil metros según el piloto, en "aves fénix". Construimos significados a través de lo que conocemos, de lo que nos es cercano. Los 60 metros de altura de una atracción de parque temático quebrado en el Mediterráneo me servían como medida de que, sí, estaba más cerca de las estrellas. Cuando las luces naranjas, rojas y rosas fueron engullidas por la noche, distinguí una estrella en lo alto. Pero no parecía más grande, ni más brillante, a pesar de estar diez mil metros más cerca de ella. Las cosas maravillosas en la vida, por mucho que creas que te acercas, siempre serán inalcanzables.

Me guardé la revista en el bolso. Un país pequeño y oscuro asomaba a través del cristal. Muchas luces y atisbos de canales de agua. Había llegado ya a la lejanía, y me resultaba familiar. Sí, había vuelto a mi "casa".

poesía

jueves, 21 de marzo de 2013 a las 21:55

En el día mundial de la poesía, un brindis por todos esos poetas (embaucadores) que nos han endulzado alguna vez los días.
Otro por las noches que siguen, amargas y frías.
Y otro por las treguas bien merecidas.
Tras la botella vacía, a pesar de todo, no solo hay resaca: también melancolía.

marzo

martes, 19 de marzo de 2013 a las 21:29
La luz temprana me arrancaba del sueño y yo me sobresaltaba, como si la mentira piadosa fuera a quedar reducida a carboncillo al volver a casa. El inquilino peludo sacaba las garras pero después me miraba desolado cuando me iba. El otro inquilino me miraba cuando me iba, después me besaba y me sonreía con ojos gatunos. Aquel remanso de paz duró tres meses, contados a partir de un día 19 en el que la noche prendió fuego. Yo solo fui capaz de ver el humo, me senté en un banco cerca de casa con un buen amigo y charlamos largamente. En el fondo quería ver las llamas, pero ese día solo vi el humo. No me equivoqué, las noches ardientes se sucedieron. Me coronaba y después, por la mañana, abandonaba mi trono. El viento mecía con suavidad las cortinas, él se sentaba a fumar en el pequeño balcón. No había nada que mirar, pensaba yo, pero él miraba. Proyectaba sus ojos verdes sobre un patio escondido en el interior de una ciudad. Donde nada pasaba, excepto palabras. Pensaba y exhalaba el humo. Aquel humo.

Las calles que llevaban a aquel último piso eran mi alegría. A menudo pensaba que estaba en Brasil, donde las calles bañadas con el sosiego de primera hora de la tarde duermen. Yo las atravesaba con las ganas en la lengua y las piernas perezosas. Esperaba el semáforo adivinando aquel atisbo de su calle. Se me hacía eterno. Después, cruzaba y aquellos veinte segundos siempre miraba hacia arriba. Solo una vez lo cacé esperándome, pero bastó para convertirlo en un esquema. Iba, me abría, me desesperaba. Esperaba frente a la gran puerta verde en aquel callejón, tarde o noche. Hombre de bares, de versos y de humo, me atrapaba cuando quería pero me hacía sentir libre. 

La libertad, arma de doble filo que un día resquebrajó aquella foto bucólica. Mistela, una simple acera y las raíces. Todo queda en casa, todo quedó en casa. Grité, lloré, volví a ser una niña. Y los silencios fueron reemplazando las palabras. Las palabras hacían eco en aquellas cuatro paredes, interrumpidas por algún que otro maullido. Los instintos animales no se pueden aplacar con raciocinio. Pero el silencio se extendió, lo cubrió todo con una pegajosidad estival. 

La desesperación, las lágrimas, los nudos en la garganta ahogaron la utopía. Me lancé a los veintidós y caí en una piscina vacía. Una distopía, un lugar al que nunca habría querido llegar. Aquel lugar ideal, aquella escapada con vistas al mar y arena dorada no existía. Un recuerdo unilateral, un futurible abortado y despreciado. No había ya amor, si es que lo hubo. 

Tragué saliva, miré atrás y no volví a pisar Brasil. Nos volvimos a ver en otros lugares, entre otras cuatro paredes, con los mismos instintos animales. Cada vez más salvajes, más feroces. Ninguno se dejó domar. Las aves migratorias no tienen un hogar fijo. Volé hacia el ocaso en busca de un lugar ideal. Quizás nos crucemos, algún día, o alguna noche. La atracción fatal entre felino y plumaje es el cuento de nunca acabar...

café

a las 14:56
Bebo un sorbo y levanto la vista. Una chica de ojos negros como mi café me devuelve la mirada en el espejo. Sus pómulos son redondeados y le están cortando el pelo a la altura de los hombros. Pero es solo una capa. Algún día, algún día lo haré, pero no hoy. El chico que está practicando con mi cabeza, cual niña que le hace gamberradas a su barbie, es esbelto pero demasiado delgado para mi gusto. Sonríe con calidez a pesar de sus ángulos, y chapurrea en inglés. Está cómodo en esa academia que le prepara para ser peluquero. De vez en cuando, llama al profesor, cuyo bigote me recuerda al del malo de Mulán. En esos momentos dejo de ser persona, me ponen el pelo en la cara y disfruto de mi pequeña contribución a la ciencia. Solo soy una cabeza inerte con pelo, y ellos están descubriendo América en forma de sanearme las puntas. Así, mira, así. El chico observa concentrado cómo su mentor levanta mis mechones y los recorta apenas cinco milímetros. A través de la densa mata de pelo que me tapa la cara, me dejo hacer.

Total, el pelo vuelve a crecer.

mueca

domingo, 17 de marzo de 2013 a las 0:01
Una sonrisa visceral se apoderó de sus facciones. Había sonreído tan poco en los últimos días que, sin poder impedirlo, le dolían los músculos faciales. Y aún así no podía dejar de hacerlo: sonreía abiertamente. Su conciencia se debatía entre liberar su boca de la esclavitud de los sentimientos o dejarse llevar aunque fuera doloroso. En unos segundos, quedó liberada.
jueves, 14 de marzo de 2013 a las 23:36
Necesitaba encontrar a alguien que se pareciera a ella, pero todos los que se parecían a ella le parecían estúpidos.

chocolate

a las 23:28
Aquella noche sentía todo el peso del mundo sobre los hombros.
No le gustaba llorar, ni mendigar el cariño que piden a gritos las lágrimas.
Pero aquella vez fue la más dulce.
Cuando abrió la puerta, dos surcos en las mejillas habían borrado su mascarilla de chocolate.

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