nosotros, los habitantes

miércoles, 13 de marzo de 2013 a las 1:58
Somos nosotros. Los que huimos acelerados por calles de inmenso asfalto, sitiados por rascacielos. Los que paseamos por suelos de adoquines centenarios, escoltados por casas coloridas que ocultan vigas de madera. Somos nosotros los que llevamos a ella a una playa desierta y cubrimos el suelo con pétalos para declarar amor eterno. Los que nos encerramos en un coche a aislarnos del mundo mientras suena nuestro disco favorito. Somos los que fumamos hachís en el balcón mientras cae el atardecer sobre el casco viejo. Somos nosotros. Los que nos emborrachamos hasta perder el conocimiento mientras un país se hunde. Los que emigramos y embozamos correos electrónicos con currículos. Somos los que reemplazan el miedo por la esperanza. Los que dejan brotar las ideas en el prado verde. Somos los que abandonan la ciudad por la autosuficiencia de una casa y un huerto ecológicos. Somos nosotros. Los que creemos en el amor a pesar de los fracasos. Los que nos abandonamos a las manos ajenas para que vuelvan a tocarnos la fibra. Somos los que nos mudamos a un piso de estudiantes. Los que nos mudamos con él para siempre. Somos los que cogemos el teléfono cuando el mundo se cae a pedazos. Somos nosotros. Los que cogemos la bicicleta un domingo soleado cuando no hay nadie al mediodía. Somos los que buscamos un piso franco donde vivir a escondidas. Los que nos vendemos en un escaparate para ganarnos la vida. Somos nosotros.

Ahora.

abeja

viernes, 8 de marzo de 2013 a las 17:03
Tenía una tendencia natural a rodearse de capullos.
Todo capullo ocultaba la frescura y belleza de una flor.
Cada pétalo podía arrancar un sí o un no.
Al fin y al cabo, siempre le había gustado volar
a donde el viento la llevara.
Pequeña y libre como una abeja.
El veneno era una advertencia
grabada a color en su piel.
Bajo ella, la secreta esperanza
de derretirse entre dulzura y miel.

cuando todo era sencillo

a las 3:24
La luz atravesaba las cortinas verdes. Tras ellas, el horizonte verde cubierto de algodones. Las puertas de colores y los diez pisos que nos acercaron más que separarnos. Sacar mi bici de la jaula y conducir hasta el lago. Cambridgelaan sumido en la niebla, mojado, soleado, oscuro. Cazar conejos con la cámara mientras los patos comen hierba. Todo recto, a la derecha. Wilhelminapark, Burgemeester Reigerstraat. El Albert Heijn, una bici abandonada y una farmacia abierta. La primera calle del primer día, con sus pubs pequeños y sus holandeses grandes. El conejo de Donnie Darko que vigila Neude y que inspiró un disfraz. Vredenburg y los andamios que reúnen quesos, también de carne y hueso, los sábados por la mañana. Los poemas y los pumas, los poetas y los depredadores, dos caras de una misma moneda azul que acaba convirtiéndose en una leyenda. Hoy vuelvo pronto, que mañana tengo clase, y acabar cerrando. Bonita, preciosa, paseos de la vergüenza sin un mapa a mano. El sol del mediodía. Mr. Polska no es polaco y enseña holandés. Mujeres y Hombres y viceversa como hilo musical. Sentarme en el escaparate a mirar. ¿Estudiar? Sí, claro. Bajar al Spar y sentir que entras en una discoteca. Volver. Las uñas repiqueteando sobre mi puerta. Sudadera gris. Ropa en el suelo. Dos cuerpos contra la misma puerta. La mesa donde lo invité a desayunar. Y a comer. Y a cenar. Y al postre. Pancakes en el balcón mientras se pone el sol. El ocaso de cinco meses. Esperar quieta a que se mueva inconscientemente hacia el sueño. Despertar. Sola. Un vuelco al corazón. Los ojos inundados. Es hoy. Aquí estaba la bifurcación. Un adiós de oso solitario desde las alturas, una mano que saluda desde el coche. Se detiene ligeramente y elige uno de los dos caminos. Hacia la izquierda. Y desaparece de mi vista. Adiós...

contra todo pronóstico

jueves, 7 de marzo de 2013 a las 20:08
Llegué del cole, me lancé al sofá, me levanté la camiseta y apelé a mi madre para que me hiciera cosquillitas en la espalda. Cerré los ojos.

Cuando me quise dar cuenta, estaba a más cerca de los 23 que de los 22. Llevaba 6 meses viviendo en Holanda, había cambiado aquella carrera con salida por escribir. Aquel novio de toda la vida que se marchó a Estocolmo era hoy un brillante ingeniero trotamundos al que comprendía a pesar de su complejidad. Y, a pesar de todo, yo había vuelto a creer en las relaciones a distancia gracias a un danés de preciosos ojos (del mismo color que su opción política). 

Aparté la vista del Manet y continué con mi búsqueda de trabajo. Contra todo pronóstico.

my

sábado, 2 de marzo de 2013 a las 1:56
Leo sus palabras y el impulso me sobrecoge. Podría jurar que jamás, nunca, nadie, me ha hecho sentir así. Pero no juro, porque no es seguro. ¿Cómo sabemos? Hay memorias que solo convertimos en felices una vez se convierten en memorias. Pero esta noche, aquí, sus palabras me sobrecogen. Siento ganas, siento ilusión. Siento que quiero abrazarlo pero no está, son solo palabras en una pantalla. Sé que existe, a cientos de kilómetros, pero no las ha escrito en el mismo momento que las leo. ¿Estamos preparados para la descoordinación? ¿Es posible quererse sin verse? ¿Es posible mantener algo intacto a través del tiempo?

para variar, no

a las 1:47
El pedal cedió bajo mi impulso y me lancé a las calles de media tarde. Jamás seré poeta, eso es asunto suyo. Trabajo sucio que oculta brillantez para algunos. Avanzo y varios globos cuelgan de las verjas. Bicicletas con un sillín de niño me adelantan. Señoras de pelo gris y en plena forma charlan junto al carril al acabar su jornada de trabajo.

Cae la tarde y me pregunto qué es la patria y si alguna vez me sentiré patriota. Hoy, para variar, no.

2hearts

a las 1:44
Un pino se sucede tras otro a través de la ventanilla. Hace calor, pero no lo noto. Agosto es mi mes de despedida, ambos lo sabemos, suena 2 Hearts. This two hearts won't make it last. Sin embargo, la playa de El Perelló donde pasó su infancia se abre inmaculada ante nuestros ojos. Como una playa virgen que en lugar de marcar un final, marca un principio. Un escalón de arena y el agua fría nos envuelve. Nadie nos ve, nadie nos oye, nadie nos siente. Nuestras manos están atrapadas en el Mediterráneo y en nuestra memoria. Nadie más. Por mucho que quiera apartarlo, se acercará. Ninguna de las señoras de la orilla nos distingue. Por mucho que intente mostrar mi mejor pose tumbada en la toalla, todas le parecerán iguales.

El sol de mediodía quemaba su piel blanca, la intensidad del verano grababa las imágenes en su memoria. Por mucho que me ignore, no las va a olvidar. Pero yo tampoco.

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