miércoles, 15 de abril de 2015 a las 5:02
GATUNO.

el mejor de mis errores
no luce en tinta
sobre papel
es un recuerdo tenue
pero indeleble,
marcado en mi piel

mirarme al espejo
es retroceder
al tiempo en tu lecho
y volver a temer
esos ojos de gato

que ya no me ven.
miércoles, 24 de diciembre de 2014 a las 1:02
El invierno trae consigo una nostalgia familiar, amarillenta, como de luz de farola despierta en la noche. Es ley que haga frío cada diciembre aquí. Y que te preguntes qué habrá sido de aquellos cielos que se fundían con el mar en tiempos pasados y en lugares por donde no pasa el tiempo. Hay escondrijos que esquivan el baile de las estaciones y te encandilan con veranos interminables, tan solo hace falta echar unas horas atrás las manecillas del reloj. Pero aquí, ahora, donde es siempre (demasiado) tarde, sabemos que nada es eterno. Y que en las calles sembradas de farolas, cuando la ciudad duerme, retumban todos los pasos que se alejan. ¿Hacia dónde? Quién sabe. Quizás a otro de esos lugares perennes al paso de los años. O quizás, simplemente, al olvido.
lunes, 15 de diciembre de 2014 a las 1:34
- Lleva un Thierry Miller.
- Mugler, será Mugler - dije desde detrás de mi copa de vino autoservida.
De puertas adentro ocurría todo. Los privilegiados podían probar a tiempo real el jamón ibérico y el queso manchego, después recrearse en el ostentoso solomillo adornado con una ridícula zanahoria, y finalmente morir de gula con la bomba de chocolate y avellana que aguardaba para el postre. Más tarde, en la moviola, nos tocaría a nosotros. Pero primero había que retransmitir desde el pequeño chiringuito montado fuera del salón. Y, por supuesto, la comida era lo de menos.
De vez en cuando aparecía algún alto cargo desorientado y me preguntaba dónde estaba el baño.
- Uy, la verdad es que no lo sé - decía yo, intentando que mi sonrisa conjuntara con mis pendientes de brillantitos de marca blanca.
Cuando las mujeres y los hombres de negocios se trasladaron a la terraza, guiados por los beats atronadores de un DJ jovenzuelo que bebía Mahou junto a su mesa de pezclas Pioneer, ocupamos sus lugares. Inspeccioné el puro Monterrey con el que me obsequiaba la casa.
- A mí estos no me gustan mucho - me dijo el fotógrafo sentado a mi izquierda.
- Yo la última vez que fumé de esto, me dio vomitera - dijo el técnico, un poco más allá.
- ¿Fumar un puro te puede hacer vomitar? - pregunté, inocente e incrédula.
Ellos asintieron con conocimiento de causa, y yo me fié: quién mejor sabría de puros habanos que los propios cubanos. 
Yo, en cambio, ¿qué preciado saber guardaba? Miré el plato de serrano y manchego en el centro de la mesa, relegado a la marginación por un segundo de solomillo. La camarera deambulaba peligrosamente cerca. 
- ¿No os importará que me coma el jamón, verdad?
- Adelante, adelante. Esta noche eres nuestra chica - me dijo con una sonrisa paternal el periodista de mi derecha.
Enrollé, rauda, las lonchitas del manjar español en un palito de pan. No había acabado de degustarlas cuando la camarera, cual buitre hambriento, se lanzó en picado hacia el aperitivo y levantó los triángulos de queso de la mesa, llevándolos hacia un destino fatal.
- Qué pecado - dije.

carta a ninguna parte

miércoles, 19 de noviembre de 2014 a las 5:55
Los dos vais a ser felices. No sé cuánto tardaréis en sellar lo vuestro, igual que yo aún no sello esta carta sin destinatario. Dentro, solo un mensaje: la página que he pasado en algún momento. Decidí que era hora de dejar de compadecerme de un pasado que ya no puedo cambiar, y ocuparme del futuro. De verdad. Sin ti en el horizonte, donde estuviste desde que te conocí. La casualidad de mi vida.

Digo adiós como lo digo últimamente, desde que me hice adulta: en silencio. Me voy sin mirar atrás, sin dejar rastro. Encontrarás aquella parcela verde que te guardaba en mi corazón vacía. Solo crecen flores allí, y lo sabes. Sobre el cadáver brota la vida. Allí esta la tumba de un amor que construimos sobre ruinas. El escondite donde me derrumbé tantas noches, esperando un ideal que no existía.

Prefiero no recordar las horas perdidas, los celos irracionales, la soledad de la pareja ausente. Prefiero olvidar los versos de Quique, las sonrisas embelesadas, la adolescencia del veinteañero que todavía eres. Por poco tiempo. Los dos vais a ser felices, como lo sois ahora. Y un día caminaréis lejos hacia una vida que un día soñé para mí, sola, en mi cama. Es mejor soñar la vida con quien compartes la sábana.

Yo lo sigo intentando, pero nunca recuerdo nada. Mala memoria, inconformismo, o la mediocridad que me tiene atada. Sea como sea, ya no es asunto tuyo. Ahora tienes a otra persona en casa. Otra persona. Y casa. ¿Recuerdas la última vez que intentaste besarme? Yo tampoco. Dicen que es un mecanismo para superar los traumas, yo lo llamo... pasar página.

Y si un día despiertas y el sueño te sabe a pesadilla, recuérdame. Acuérdate de mí, e inténtalo de nuevo. Quizás siga esperando a que me hagas todo lo feliz que pudiste hacerme hace tiempo. Todo lo que no pudiste hacerla a ella. Quizás siga esperando a que me recojas en una estación de Suecia. Y a que no vuelvas a irte de mi lado. O quizás sea tarde para construir en nuestra parcela. Quizás ya sea todo historia. Y aquellos acordes de guitarra sobre la arena... bajo las estrellas.

agua

miércoles, 12 de noviembre de 2014 a las 2:44
De los días en la playa,
las noches en el agua
esperando al olvido,
poco a poco, sin querer
yo me oxido.

Tenue desgaste,
el del barco hundido
que un día soltó lastre
sin haber medido
la magnitud del desastre.

Y yo aquí sigo,
soñando contigo,
nadando sin causa
y sin ver un final;
perdida en el agua.
lunes, 3 de noviembre de 2014 a las 7:06
Quiero escribir tus noches en blanco con mi letra. Con la peor caligrafía posible, el carbón emborronado, como si te contara mis penas después de una noche de champán y sonrisas burbujeantes. Quiero dejarte mi huella de carmín en la copa, las cenizas esparcidas en la mesilla, mi ropa vistiendo tu silla. Y cuando se te cuele la luz por la ventana y acaricies tus sábanas, recuerdes que lo nuestro es más que palabras.

motel

sábado, 1 de noviembre de 2014 a las 23:20
Me llevó a un motel de ciudad escondido en el centro. Era de madrugada y nos atendió un señor bajito, con batín y pantuflas. Solo tenía cuatro años más que yo, pero parecía que llevaba haciendo aquello mucho tiempo. Quizás lo aprendió en otra vida, rodeado de cortesanas y vino. Me relamí los labios manchados de tinto agrio. El dueño del hospedaje tampoco pareció inmutarse ante la espontánea petición. Las escaleras de caracol nos llevaron a una habitación pequeña y mal iluminada, con algunos artículos de baño que habían dejado otros inquilinos efímeros como nosotros. La cama crujía, y preferí ignorar la experiencia que acumularían sus muelles. En cambio, fui consciente de la experiencia que soportaban mis huesos, apenas responsable de una fisura, ni un arañazo. Frente al espejo me di cuenta de que el tiempo había no había pasado en vano, ni por su cuerpo ni por mi mente. Pero seguíamos igual de lejos.


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