El mundo se iba a pique aquel verano, igual que mi vida. Las malas noticias goteaban desde el techo y formaban unas horribles manchas, viscosas y nauseabundas. Parecía que los cimientos eran de arena -ya se sabe que no hay que construir con material barato- y que la casa, mi hogar tal y como lo conocía, se derrumbaría en un corto lapso de tiempo.
Y no se me ocurrió otra cosa que salir al balcón, poner los pies a remojo y sentarme a que me diera el aire. Era fresco, y se me puso la piel de gallina mientras escuchaba la voz del interlocutor de radio anunciando un rescate. No sé si por el frío del aire, de las palabras o del futuro. Todo se quedó helado en ese momento. Un rescate. Miré al cielo, por si llovían billetes. Pero no.
Entonces sonó mi móvil y tu nombre apareció en la pantalla. Ese fue mi rescate. Mi tesoro llovido del cielo.