Velas

domingo, 4 de octubre de 2009 a las 0:52
Y ahora, ¿ahora qué?
Si todo aquello que antes la ilusionaba ha quedado desprovisto de significado. De emoción. Insípido.
Cada día se acuesta asustada ante la frivolidad con que ahora piensa en ellos. Un beso le produce indiferencia. El amor ya no se hace, tan sólo existe el polvo. Ese polvo que lo acaba cubriendo todo, como una manta que te arropa en invierno para darte calor.
Porque ha abierto los ojos, ha observado, después de tantos avisos, de tantos consejos, de tantos comentarios que ella consideró tonterías. Mejor dicho, no ha observado. No quiere observar.
No quiere volver a oir hablar de ello.
Olvidar...
Y pensar que tan sólo es un país escandinavo de esos que le gustaría visitar. Que algún día encontrará a alguien que la reciba con una flor y un abrazo. Alguien que le abrirá la puerta, llevándola por un camino iluminado por la tenue luz de las velas. La intimidad de Quique González. La dulzura del chocolate. La pasión en un par de copas. La eternidad de un sueño compartido en una noche ártica.
Le encantaría volver a ser una ingenua, de esas que piensan que todavía existen hombres así. Pero es imposible, una vez se pierde la inocencia no se recupera.
Igual que ya nunca podrá recuperar muchas cosas. A él. Ese tiempo que lo esperó con el corazón encogido. Esa emoción que la invadía cuando paseaban juntos en Londres. En Estocolmo. En Valencia. Por su casa. Por su piel.
Y, sobre todo, nunca podrá recuperar esos diminutos trocitos de su corazón, que de tanto pisarlos se han convertido en eso, en polvo.

Mar

domingo, 20 de septiembre de 2009 a las 19:10
Tan sólo me dejo llevar por la corriente.
El mar luce oscuro, misterioso, tentador. Un sendero blanco indica el camino a nadar hasta la luna, grande, clara, engañosamente cautivadora. Me ilumina lo justo para que esto se considere insinuación.
Y me dejo llevar por la corriente. Frente a unos ojos verdes enmarcados por su pelo rizado y alborotado, que sin miedo y con tranquilidad acarician mis hombros.
Hace frío. Pero aún así me gusta provocar corrientes.

Maltratadores

lunes, 10 de agosto de 2009 a las 1:21
Contemplo a ese hombre y a una rata y no observo la mínima diferencia.
El hombre, en general, se caracteriza por ser un animal, un mamífero concretamente, pero se le distingue de otras razas animales por su capacidad de razonamiento. El hombre puede decidir. Puede tener una idea del bien, una idea del mal, y actuar según una cadena de valores y unos principios. El hombre piensa, y al menos intenta actuar de forma coherente a sus valores.
El hombre nace, se reproduce y muere, y mientras todo esto ocurre, es capaz de crear vínculos afectivos con otros de su especie. Cree estar sumido en un estado al que llama enamoramiento, y que tan sólo es una reacción química en su organismo. Los sentimientos que le provoca este estado le impiden usar su capacidad de raciocinio al máximo rendimiento, y a veces toma decisiones absurdas e ilógicas en nombre del amor, o simplemente no las toma. Pero, por encima de todo, en nombre de ese sentimiento propio del enamorado, ama. Un lazo invisible lo une a otro ser humano, hacia el que siente una dependencia emocional, de diferente intensidad dependiendo del especimen observado. El hombre se siente realizado cuando al amar es correspondido, cuando puede disfrutar con esa otra persona, cuando deciden compartir su vida.
Sin embargo, no todos los hombres se sienten correspondidos. Como todo animal, intentará conseguir su objetivo con insistencia. Al cabo de un tiempo, si lo consigue, se sentirá realizado. Si no lo consigue, buscará otro objetivo.
Pero existe otro tipo de reacción, que no merece ser calificada de humana, y que ni siquiera la mayoría de animales tienen.
La reacción violenta.
Esta reacción puede desencadenarse desde diferentes origenes, pero siempre con un mismo fin: la agresión, el daño, el dolor. El hombre sufre un trastorno que lo convierte dominante en exceso, incapaz de razonar con claridad y de ordenar sus ideas. Persigue a su víctima como si fuera un animal de caza. Y el único objetivo que tiene un animal de caza es matar.

Cada vez que enciendo la televisión tengo que ver en el telediario una noticia sobre una mujer asesinada por su compañero sentimental. Estoy harta. Siento rabia hacia esos hombres que no aman a las mujeres, que en vez de sentarse a dialogar o darse a la bebida optan por coger un cuchillo o incluso optan por usar sus propias manos para acabar con una vida sobre la que no tienen ningún derecho. Siento miedo de pensar que hombres como esos pueden estar caminando ahora por mi calle. Siento indignación porque sé que se va a repetir, que siempre hay algún hijo de puta suelto que no tiene dos dedos de frente y no puede superar que nadie lo soporte y por eso se desahoga con la persona a la que una o quizás muchas veces ha dicho que quiere, con la persona a la que se supone que debe respetar por encima de otras.
No soporto la violencia y creo que cualquier conflicto se debe solventar mediante el diálogo, pero con este tipo de animales se debe hacer una excepción. No son personas, son animales. Matan. No matan por su supervivencia, matan por placer. Piensan en matar, fijan un objetivo y no dudan en pegar patadas, meter puñetazos, clavar cuchillos, golpear con objetos, ahogar, empujar, quemar a sus víctimas hasta que acaban con ellas.
Son asesinos. El asesino más frío que hay. Un asesino no ama, está enfermo. No escuchan los gritos de la vida que arrancan con sus manos, no sienten nada al mirar los ojos inertes de alguien que un día los miraba con amor.
Lo único que siento es asco. Deberían probar su propia medicina, sufrir en su propio cuerpo lo que ellos hicieron sufrir a otra persona que merecía vivir.
Mi desprecio más absoluto hacia ellos.

Puedo escribir la prosa más triste esta noche

jueves, 30 de julio de 2009 a las 22:56
22:50
22:52
22:56
Mira el reloj y nunca marca la misma hora, ni el mismo minuto, ni segundo, ni fracción...
Casi puede escuchar el sonido inevitable de los momentos que se deslizan entre sus dedos. Ninguno es igual al anterior. Ninguno se va a repetir. Y todos se escapan.
Traga saliva. Tiene un nudo en la garganta desde hace días.
Alza la mirada al cielo oscuro, y las estrellas que ve se pueden contar con los dedos de una sola mano. No más, no mientras observe desde esa jaula invisible que es la ciudad en la que nació. Estrellas lejanas y titilantes que brillan todas las noches, nadie sabe desde cuando. Quizás tan sólo estemos viendo el fulgor de sus destellos de antaño; están tan lejos que su luz lleva miles de años viajando para que la veamos, y mientras tanto ellas no han sobrevivido al tiempo.
Nada ni nadie puede sobrevivir al tiempo. Todos sucumbimos.

Ojalá pudiera pararlo, concentrar toda su felicidad en una eterna fracción de segundo y después ponerlo en marcha otra vez.
Por desgracia no puede hacerlo. El tiempo se le escapa. Y él también.
Y lo único que se le ocurre es seguir mirando esos destellos en el cielo, sola y en silencio. Porque no sabe cuándo se apagarán, pero es lo único que no se va a mover, lo único que siempre la acompañará en su soledad mientras siga viva.

Impulsos

domingo, 26 de julio de 2009 a las 2:11
Fue un instante familiar. Lo que solía denominar "déjà vu". No era la primera vez que le ocurría, e intuía que tampoco sería la última. Al menos eso esperaba, albergaba la esperanza de volver a sentir que ya había visto o sentido ese preciso momento de la vida. Esas mismas circunstancias.
Quizás estaba muriendo, y sólo eran retazos rápidos de su vida que estaban correteando entre sus débiles neuronas, llevándola al final en un desvanecimiento.
Quizás estaba naciendo, y sólo estaba poniendo marcas en aquellas situaciones que, inexorablemente, el destino la arrastraría a vivir.

Quizás no era ninguna de las dos cosas. Quizás nunca lo llegaría a saber.
Pero, en aquel momento, supo que era una señal. Y un impulso la llevó a sonreír, sin saber si era buena o mala. Aquellas sensaciones la hacían sentir arropada. Le consolaba la idea de que la estaban llevando por un camino, fuese el que fuese, y no por la cizaña y mala hierba que crece entre éstos.
Todos los caminos llevan a algún sitio. A callejones sin salida, a bellos campos de amapolas, a sótanos oscuros o a otros caminos. Sin embargo, lo importante no es a dónde llevan, sino lo que se vive mientras los recorres.

Cristales

martes, 7 de julio de 2009 a las 22:47
Siempre le acariciaba la mano. Un día tras otro. Incansable. Tierno.
Aunque ella no pudiera oírle, él le susurraba.
Pasaron meses.
Y él siguió allí, observándola al pie de su cama y esperando a que ella volviera de su viaje. Imaginando cómo podía ser todo en un futuro. Deseando que llegara el día que lo hicieran real entre los dos.


Abrió los ojos poco a poco. La luz la cegaba. La luz de su sonrisa. De su mirada. Notó como sus dedos le acariciaban el pelo. Cómo le decía algo. Dos palabras.
Lo único que podía hacer era sonreír. Había vuelto de un largo viaje y él había seguido esperándola, aunque supiera que no iba a contarle las cosas que había visto.
Se sintió feliz. Podía empezar todo de nuevo. Un nuevo viaje acompañada, con detalles que contar, con alguien que la llevara de la mano.
La enfermera apareció para recordar que se cerraba el horario de visitas, y él prometió volver al día siguiente para contarle los planes que por fin podían llevar a cabo. La besó dulcemente, cerrando los ojos, llevándola a otro lugar, tranquilo, silencioso, cálido... y se despidió, guiñándole un ojo antes de cerrar la puerta.


Aquella noche ella durmió como no lo había hecho en meses. Soñó. Vio colores, escuchó melodías, risas, caminó por paisajes verdes, olió flores, se tumbó bajo el sol. Por la mañana, amaneció con una sonrisa en la boca, lista para vivir otra vez.
Lo esperaría. No le importaba que fuera impuntual, él había esperado mucho tiempo por ella. Esperaría lo que él tardara.



La noche anterior, mientras ella soñaba, él salió del hospital feliz como no había estado en meses. Se había despertado.
Caminó sonriente hacia su casa, casi trotando.
Apenas le dio tiempo a reaccionar. Cuando quiso darse cuenta, yacía en el suelo, entre cristales. Levantó la cabeza y vio sangre a su alrededor. Colores en movimiento, alarmas pitando frenéticamente. No había notado nada. No sabía qué había pasado. No sentía dolor físico.
Sólo el dolor de una certeza. Que había esperado para verla vivir, pero esa vida ya no iba a compartirla con él.
Que ya no volvería a verla.
Antes de que sus ojos miraran inertes al infinito, una lágrima rodó por su mejilla. "Espero que algún día me perdone", pensó, sintiendo su corazón latir por última vez.

Para siempre

viernes, 3 de julio de 2009 a las 13:17
Era triste.
Le rompía el corazón.
Pero más se lo rompía que todos aquellos sueños ya no fueran a cumplirse nunca.
Que ya nunca la llevaría a su habitación haciéndole seguir un camino de velitas. Ya nunca apoyaría la cabeza en su hombro frente al resplandor de la luna.
Ya nunca vería corretear niños de ojos azules que acababan de aprender de él a guiñar el ojo y montar en bici. Ya nunca les iba a elegir la ropa con esmero.
Ya nunca iban a recorrer lo que les quedaba de mundo juntos. Ya nunca iban a recorrer lo que les quedaba de noche entre sábanas.
Todo se esfumó en un instante. Un instante del presente apenas imperceptible, que dejó todo aquel futuro en un inalcanzable pasado. Para siempre. Y para nunca.

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