martes, 6 de diciembre de 2016 a las 20:33
llega la noche en que
las lágrimas se han secado
y cuanto más grande el océano
menos te importa su tamaño
a las 4:05
Camino sola, de madrugada.
El neón frío baña mi cara.
Los tacones rebotan
                                  en las fachadas.
 Y yo sigo sin sentir nada.

 Quizás el propósito
                               de todo este daño,
de los desengaños,
fuera estar preparada
para tu llegada.

pero no sé dónde andas
incluso si existes
y si no te distingo
ya no me importa
                            nada.
jueves, 24 de noviembre de 2016 a las 23:30
Al final era cierto eso que decían,
el tiempo lo cura todo.

el tiempo te curte
hasta que tu piel es dura,
y todo resbala y rebota
las balas y las lágrimas
la indiferencia y la ternura

y un día te preguntas
si alguna noche se termina
esta sucesión de horas
de esperas, esperanzas
y desesperaciones juntas.

cuando no te enamoras
todo es amarga chusta,
aceite sucio, vacía boca
que se llena de inquina
con las sonrisas ajenas.

pero si te enamoras
el nido parece jaula,
la pasión te vuelve loca,
no hay respuesta nunca
para una pregunta tragada.
martes, 19 de julio de 2016 a las 2:02
Él la miraba con el corazón abierto y los ojos cerrados; como quien solo concibe la bondad más genuina para moverse por el mundo, a pesar de las sombras que se ciernen sobre cada esquina. "Hacía tiempo que no sentía retumbarme el pecho así", le dijo ella, cediendo por fin a aquella música ensordecedora. "Ojalá lo hubiera sabido entonces", añadió. Pero ya era tarde.
martes, 21 de junio de 2016 a las 1:55
Hace un año aún estaba en el país donde la naturaleza es salvaje. Los humanos llevan armas a las que intentan domar durante la fracción de segundo que dura un retroceso. Los caimanes vigilan a los humanos asomando sus ojos mezquinos a ras del agua. Yo no me había dado cuenta de todo aquello hasta que oí las balas caer y al animal bramar desde las profundidades de su cuerpo de dos metros. Me lo tuvo que decir un diplomático por teléfono, la naturaleza aquí es salvaje. En Europa la hemos educado, plantamos jardines urbanos, parques, talamos los árboles y no dejamos que la maleza se descontrole. Allá la mala hierba nunca muere. Ni en el desierto de Arizona, donde las mañanas de cactus y acantilados funden sus colores bajo un sol de justicia y desaparecen bajo la bruma al atardecer. Ni en las bahías de Florida, donde los huracanes imponen su ley húmeda, impasibles, hasta que las lágrimas de la naturaleza nutren la tierra ahogada entre rascacielos. Hace un año estaba allí, y ahora no sé dónde estoy.
viernes, 3 de junio de 2016 a las 0:23
Le habían dicho que la vida no era un camino de rosas, pero tampoco se alejaba mucho. De vez en cuando pisaba espinas que se le clavaban más y más al continuar. No se amaba igual a los 15, que a los 18, que a los 25. Su amor adolescente se había despilfarrado en vano. Recordó sus páginas de diario, escritas con la excitación de quien comienza algo. Por aquel entonces, contaba inconscientemente las horas y los días desde que había transcurrido un beso. Las sensaciones y las miradas codificadas que adquirían nuevos significados tras el lenguaje de la intimidad. La intimidad. Los cristales de un coche empañados al amanecer, la impaciencia camuflada de buenas intenciones. Le dolían tanto las espinas...

malta

lunes, 25 de abril de 2016 a las 0:52
Era verano, la estación perfecta para estar sola y soltera por primera vez en mi vida adulta. Aquel día visitábamos otra de las tropecientas playas que poblaban Malta y, en concreto, una que gozaba del dudoso honor de haber acogido el rodaje de Piratas del Caribe. Yo tenía 19 años, más curvas que una carretera gallega y la ingenuidad de una adolescencia prolongada. Estaba en el agua, salpicando ideas, mirando a lo lejos a los buitres de diferentes nacionalidades que venían con mi grupo y socializando con mis dos nuevas amigas, dos asturianas, músicas, a las que imaginaba sabias y unidas por una amistad con la que yo solo podía soñar a aquellas tiernas alturas de mi vida. Nos estábamos divirtiendo aquella agua cristalina, subidas a una colchoneta, cuando sentimos la quietud que precede a la tragedia.

El barullo general enmudeció lo suficiente como para que se escuchara la llamada de auxilio de una mujer mayor que se estaba bañando unos metros hacia adentro con los que, asumí, eran sus descendientes. Nos pidieron la colchoneta y, con el desconcierto de quien no sabe qué ocurre, se la ofrecimos. Mientras observaba la secuencia como si se tratara de una película, a una distancia prudencial, pude escuchar que la señora decía "I can't breathe" una vez tras otra. Pero no se estaba ahogando en el mar. Era su cuerpo quien la ahogaba.

Avanzó hasta la orilla acompañada, repitiendo con desesperación que no podía respirar. Nadie parecía moverse en la playa, solo observaban a la desafortunada protagonista. Inquieta, salí del agua y me dirigí a una caseta de vigilancia cercana, donde un socorrista perdía el tiempo, ajeno a los peligros que acechan a las personas fuera del mar. Le dije que una mujer se estaba ahogando y que debía reaccionar cuando antes. Mi memoria dice, con reticencias, que el chaval me dio alguna excusa para seguir allí plantado.

Para cuando llegó la ayuda, quedaba poco por hacer para salvar aquella vida anciana. La mujer estaba tumbada allí, con las olas muriendo a su lado mientras también ella se desvanecía a orillas de algún lugar infinito. "I can't breathe". Le hicieron CPR e intentaron reanimarla. De nuevo, la memoria, que intenta evitarnos el miedo permanente a la muerte, me hace dudar si presencié cómo su cuerpo se sacudía bajo el impulso de un desfibrilador portátil.

Lo último que recuerdo es el llanto desconsolado de un familiar, su absoluta soledad en una playa rebosante de bañistas, su dolor roto junto a aquel papel plateado que fútilmente retenía la tibieza del cuerpo ya inerte. La vida que se le escapaba al ser amado, a aquella persona que no sospechaba que iba a morir en una playa de Malta cuando se levantó por la mañana, hacía unas horas.

Hay momentos que perduran en la memoria, aunque las caras se desdibujen y se hayan diseminado las palabras en el olvido. Y hay sensaciones que todavía hacen temblar el cuerpo aunque pasen los años; las posibilidades perdidas, esos pasados a los que se asoma el corazón y que nos remueven con el vértigo de la insignificancia humana, de la rapidez con la que pasa todo, y la conciencia de lo poco -y mucho- que podemos hacer mientras seguimos respirando.

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