suárez

domingo, 23 de marzo de 2014 a las 18:25
Acababa de morir Adolfo Suárez y en la calle se respiraba la calma chicha de todos los domingos. Yo dejaba que el sol me pintara pecas en la cara mientras pensaba que no sabía nada. Al otro lado del cristal, el telediario público había sido engullido por un destartalado homenaje a la figura del primer presidente de la transición. Mi madre decía que tenía buena planta, mi abuela que era carismático. Mi padre opinaba que el cava rosado de la semana pasada sabía a vino barato. Todo me resultaba lejano, intangible, de otro mundo. Podría juntar todas las palabras de los libros y entenderlo, pero no había estado allí. No era mi historia. Sí la de mi país. Ahora mismo se construía otra historia. Poco a poco. ¿Cuál? Hasta dentro de años no lo sabría nadie, por muchos expertos que se abrieran paso con sus teorías para luego reclamarlas si la suerte estaba de su parte. El mundo se había convertido en una peonza que giraba sin parar hacia un lugar desconocido. Volví a bajar la vista y seguí leyendo el periódico de aquella mañana, de portada obsoleta por tan solo unas horas.
viernes, 21 de marzo de 2014 a las 14:35
te deseo en futuro
te quiero en pasado
te recuerdo en presente

y voy haciendo de cada tiempo
letra a letra, verbo a verbo,
el amor más imperfecto.
martes, 11 de febrero de 2014 a las 20:43
Me gustaría pedir un café fuerte, muy fuerte, para darte una pista de lo que quiero hacer contigo en la oscuridad de tu habitación. Pero no me gusta el café, así que le digo al camarero que me ponga un té verde y rezo con todas mis entrañas para que no se te den bien las metáforas, en cualquier caso.
jueves, 6 de febrero de 2014 a las 22:40
Sé que no me esperas. Yo a ti tampoco. Nos hemos dado por vencidos. Nos ha vencido la indiferencia. O la impotencia. Te imagino fumando junto a la ventana. Ese eres tú. Yo escribo, otra vez, en la cama. Vacía. Como tus pulmones cuando exhalas esos suspiros cargados de olvido. Dejamos la vida pasar, las zapatillas cada vez más gastadas, el corazón intacto. Tus huellas dactilares se conservan en el lugar del crimen. Tu rastro de pecado sigue indeleble.

Pienso en las cosas que no me gustan, y la lista es tan larga que es más fácil pensar en las que me gustan. Y tampoco. ¿Tú? Sí, pero a medias. ¿Y cosas que me entusiasmen? Siento la impetuosa necesidad de hablarte, de preguntarte y que me des una idea. La descarto rápido. No, tú no. Tú no me entusiasmas. Déjalo. Déjate ir, déjame.

Pero cuánto me gustaría que estuvieras aquí esta noche, dándome la espalda bajo la manta.
domingo, 26 de enero de 2014 a las 1:23
mi inocencia se fue y
tú te quedaste dentro

recuperé mi cuerpo
pero permaneces

como un tatuaje
marcado a fuego
lunes, 13 de enero de 2014 a las 23:36
Ella soñaba con un invierno eterno. Sonrisas escondidas tras bufandas, la mirada del sol bajo un gorro de lana. El crujir de la nieve al pasear, y su vaho acariciando el suave cuello de él. Ella soñaba con un frío indeleble que le obligara a invitarla a un café, a sentarse junto a una ventana con vistas a todas las cosas que no importaban. Él y ella, un café, una mesa y una ventana. Después, poco a poco, el café pasaría a ser chocolate y la cafetería, algún lugar acogedor con una chimenea ante la que calentarse los pies. "Tienes un poco de chocolate ahí", le diría él. "¿Dónde?", le diría ella con el fuego reflejándose en sus ojos brillantes. Y con una súbita ola de calor ascendiendo por el cuerpo y la oscuridad de la noche escondida tras las cortinas, él no diría nada más. Tan solo se acercaría y la besaría suavemente. "¿Ya?", le urgiría ella. Y, sin saber si la urgencia era por una cosa o la otra, él sumergiría sus dedos entre el pelo de ella y volvería a hacerlo. Los dos, fundidos a una temperatura superior a la del chocolate, endulzando ese invierno sin fin que nevaba todos los días sus pensamientos.

Pero él no existía. O sí. Y vivía en un eterno verano, lejos de allí, lejos de ella. Inalcanzable.
martes, 7 de enero de 2014 a las 23:42
Los polos opuestos no se atraen. Los polos opuestos chocan, se refriegan, y acabarían hechos pedacitos si no llegaran unas manos ajenas que los separan.

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