Violently happy

domingo, 30 de enero de 2011 a las 3:57
I'm in the summit, I'm in the fucking peak of a mountain of happiness right now. I don't know how you do it, you lift me or make me sink in a matter of seconds just with a word or a smile. I think it's love. Love is shit most of the times but now it's been fucking uplifting, I feel like running and jumping and shouting around, and kissing you and lying next to you and embracing you, all at the same time.
Because you haven't said those words but you know I don't need no voice. Written words can be kept forever. I feel so happy that I don't dare saying it just in case this beautiful moment breaks.

Mr. Wilson

domingo, 9 de enero de 2011 a las 1:47
Nos hemos visto. No lo dudes.
Me ha bastando una mirada de reojo al andén de enfrente para reconocer tu cara, tus gestos, tu forma de andar. He hecho como si no me hubiera enterado. Tú te has sentado y has mirado fijamente tu móvil. Yo he hecho lo mismo.

Craso error.
Sabes igual de bien que yo que nos hemos mirado, a través del espacio que dejan las vías del metro, a través de unos segundos imperceptibles, mientras el otro clavaba la vista en su propia pantalla. Hemos hecho lo mismo.
Hace años nos habría parecido evidente: somos muy parecidos. Antes era motivo por el que no despegarnos ni un instante, ahora ya hace tiempo que nos arrancamos el uno de la vida del otro y nos es indiferente.

Finalmente, te has metido en uno de los vagones. Has desaparecido, tan silenciosamente como apareciste. Pero hasta que el túnel oscuro no ha engullido el metro en el que ibas, he sentido tus ojos clavándose en mi espalda.
Y, seguramente, hasta que no me he convertido en una pequeña hormiga vista de lejos desde tu asiento, tú has sentido mis pensamientos clavándose en tu cabeza.

González

jueves, 6 de enero de 2011 a las 18:44
La tímida luz de la mañana se colaba por la única ventana que había. Abrió los ojos y al otro lado de la cama, enredado entre las sábanas, estaba él ya despierto pero inmóvil.
-Puedes quedarte, si quieres.

Ella sonrió y, sin un ápice de somnolencia, se levantó y comenzó a vestirse. Se estaba abrochando la blusa cuando él dijo en voz baja:
-No volveremos a vernos, ¿no?

Ella se giró. El pelo de él, siempre despeinado, reposaba sobre la almohada, y su cara no delataba su impaciencia y necesidad de oír un sí, un nombre o una dirección a la que aferrarse hasta que volviera a verla. Ella rasgó las cuerdas de la guitarra eléctrica con la que la había enamorado temporalmente, durante el concierto de la tarde anterior. El sonido fue inconexo pero armonioso. Apoyó la rodilla sobre la cama, se inclinó y le dijo:
-Si no me olvidas, nos podremos ver incluso en sueños.

Después le dio un ligero beso, se levantó y salió del camerino. Él se quedó mirando la puerta fijamente, evocando la esbelta figura por la que había resbalado horas antes, tras el trance de música, gente y gritos. Le había gustado. No solía compartir la intimidad de aquellas cuatro paredes en las que dormía; tan solo dejaba ese privilegio a las tres guitarras que apoyaban el mástil sobre el gotelé blanco e impersonal. Se propuso no olvidarla, pero después dudó de que tuviera la voluntad suficiente. Volvió a dormirse, pero no soñó con ella.

Marlon

a las 0:03
Para mí, y para todos, siempre había sido Carlos. Concretamente, Carlitos "el pegón". De pequeño había sido uno de esos niños extraños, blancuzcos y con tendencia a aislarse; que al crecer un poco, protagonizaban escenas de esas que nunca se olvidan. Recuerdo un día en el parque, se cayó y fui a ver si estaba bien: me respondió con un puntapié en la espinilla. Carlitos era raro, sí, pero era duro de pelar. Después ya se volvió más normal, dentro de lo que cabe. Podría considerarlo un antiguo conocido, pero de esos con los que no profundizas porque a la mínima que les cuentas algo se ha enterado todo el vecindario. Y finalmente, le perdí la pista.

Y ahí estaba, pidiéndome ser su nuevo amigo en una red social. Lo reconocí por su indeleble sonrisa macabra, ya que el resto de su aspecto era completamente diferente. De hecho, ni siquiera se hacía llamar Carlos. Ahora era Marlon, reconocido gay de la noche de Valencia. Llevaba unos pantalones extremadamente ajustados que hacían parecer palillos a sus largas piernas; nada cubría su torso, aunque tampoco tenía nada que lucir, ni siquiera pelo en pecho. Pelo cortado a lo kinky, un piercing en la nariz y una pose cuanto menos esperpéntica. Esa era toda la información que podía sacar sin aceptarlo todavía. Pero ¿para qué quería más?

No sé por qué, pero tras dos días sin ignorarlo ni aceptarlo, acabé cansándome de verlo ahí en pequeñito, molestándome como una mancha de tomate en un polo blanco recién lavado. Y lo acepté. Dejé que volviera a entrar en mi vida. No esperaba que dijese nada, no sabía por qué me había buscado, tampoco me lo pregunté. Fue un acto insconsciente. Sin embargo, habló.
-Hola, ¿te acuerdas de mí?
-Claro, Carlos. ¿Qué es de ti?
-Caray, hace tiempo que no me llaman Carlos. Pues verás, el otro día me acordé de ti. No sé, sentí curiosidad por ver cómo te iba y eso.
-Ya veo, ahora eres Marlon. Pues me va, que ya es bastante. Gracias por acordarte.

Me disponía a zanjar la conversación de chat carente de emoción con un sufrido emoticono de guiñar el ojo, pero se adelantó.

-¿Vas a hacer algo esta tarde? -la verdad es que iba a salirme por la tangente, porque nunca sabes si te lo preguntan por acoplarse a tu plan o por hablar, pero no tuve tiempo de reaccionar- Lo digo porque voy a pasar por el Starbucks de al lado de tu casa. Estaría bien verte.

Si no fuera porque era gay, y sabía que no me estaba proponiendo una cita con final dudosamente feliz, habría cerrado la ventana y me hubiese puesto a otra cosa.

-Bueno, la verdad es que no pensaba irme muy lejos.
-¿Qué te parece si bajas a las 7?
-Bien, estaré en la puerta.

Y allí me planté a esa hora. Por un momento dudé, ¿aparecería semidesnudo y esperpéntico como en su foto de perfil? Luego decidí darle un voto de confianza injustificado y desesperado, ya que no tenía otro plan, y seguí allí plantada, como si mis pies fueran dos pesados ladrillos.
Cuando apareció lo reconocí enseguida. Iba bastante más formal: vaqueros, camisa de cuadros, gafas de pasta. Podría parecer que describo a un leñador intelectual, pero iba a la última, rabiosamente moderno. Nos saludamos y acaparamos un par de sillones, un par de frapuccinos y un par de silencios ostentosos. ¿Quién sería el primero en hablar?

-Entonces ¿qué tal todo? No tenías plan hoy... ¿te suele pasar?, ¿no tienes novio aún?

Su sonrisa macabra asomó a los dos lados de la pajita, por la que succionaba con avaricia su batido de caramelo helado. Maldita sonrisa macabra de Carlos. Perdón, de Marlon. Miré por la ventana larga y pausadamente mientras levantaba las cejas, dándome misterio.

-No, no tenía plan.- puso una falsa cara de pena -y sobre lo del novio...
-Oh, perdona si he sido cotilla, no pretendo husmear. Tranquila. -¿Tranquila? Los cojones, esto es muy raro, Marlon Brando.
-Carlitos.- me miró con los mismos ojos que cuando era pequeño y pareció indefenso.- Carlitos, no sé que quieres. Pero ya sabes que soy muy directa: el que no tenía plan eres tú.
-Bueno...
-Y el hecho de que nos estemos tomando algo en estos sillones en el Starbucks no nos convierte en amigos.
-Mira que eres áspera...
-Y tú cotilla. Y, no es por nada, te contaría mis cosas. Pero no me fío de que seas capaz de mantener la boca cerrada.
-Ahora verás.

Nos pasamos los siguientes diez minutos mirando por la ventana con la boca cerrada.

Temblor

domingo, 27 de junio de 2010 a las 3:39
Estaba tumbada junto a él. Sabía que él la deseaba, pero nada en su cuerpo lo indicaba, ni gestos, ni expresión. Tan sólo un leve temblor en la voz cuando dijo:
- No me lo puedo creer.
Habían pasado meses desde aquello que no fue. Un no ser que, quizás, pasados unos minutos, sería. Ella intento aliviar la tensión repitiendo esas palabras que le hubiera gustado oír en otras ocasiones, aunque correspondían más bien al rol masculino.
- No te preocupes. - él giró la cabeza sobre la almohada, dejando de mirar al techo y sumergiéndose en su mirada - No tienes por qué hacer nada que no quieras...
No gesticuló, tan sólo le ofreció la oscura profundidad de sus ojos otra vez. Ella sonrió con una timidez nueva, esa timidez que desplaza a la experiencia, que deja a una desnuda aunque esté vestida. Su silencio la ruborizó.
- Hay algo que sí me gustaría hacer. Algo que llevo mucho tiempo imaginando.
Sus cuerpos, hundidos sobre el colchón, formaban dos largas letras ese que no llegaban a tocarse, aunque la una se reflejaba en la otra. Bastaba un movimiento de uno para que el otro respondiera de forma simétrica.
- A lo mejor es el momento de convertir esa imaginación en un recuerdo. - él se mantuvo inmóvil - ¿Qué es?
- Me encantaría besarte.
Escuchar esas palabras de su boca surtió un efecto burbujeante en sus piernas. Intentó no moverse un ápice, mostrando tanta entereza como él, pero irremediablemente, su pie cobró vida propia y se movió en círculos. Los círculos describieron una trayectoria en bucle, como su propia historia, el acercarse y alejarse, siempre alcanzando un punto de tangencia, de conexión. Rozó su piel. Durante unos eternos segundos, un puente se materializó entre sus retinas, una sincronización tal, que los dos estaban seguros de haber grabado a fuego esos instantes en la mente. Y los dos sabían que grabarían los siguientes.
Ella quiso responderle que podía hacerlo, pero antes de emitir ningún sonido, siguió el instinto y se acercó a él, a su cara, a su pecho, a su calor.
Bastó una respiración para que él deslizara el brazo por su cintura, y ella los dedos por su pelo. Meses y kilómetros de separación se habían convertido en un aquí y ahora, en un presente dulce como el beso que él deseaba.

Unas horas después, sucumbieron al sueño y el cansancio juntos, abrazados. Él sonreía. Aquello que no fue, por fin era. Y aquellas fantasías continuaban en su cabeza, pero ahora la tersura de su piel, la luz de su sonrisa, los susurros entrecortados... estaban dibujados en su recuerdo, para siempre.

arena

sábado, 15 de mayo de 2010 a las 0:04
Y nunca lo sabrás porque te has perdido los momentos en los que más necesitaba cariño, te ausentabas ya incluso en aquellos primeros meses, donde todavía está fresca la sensación de verte y sentir mariposas en el estómago. Aquellos primeros momentos que la magia del enamorarse graba en la memoria. Y no estuviste, y no los tuvimos. Y a veces me pregunto si todo esto no será un castillo de arena, que creemos que es fuerte y firme por fuera pero en unas cuantas mareas y brisas de mar se derrumbará.
Y tengo miedo, porque dentro de ese castillo he depositado toda mi confianza, toda mi esperanza y mi amor, y los guardé dentro, bien inaccesibles a cualquier otro que no fueses tú, porque es un tesoro que solo va dirigido a una persona, un cofre de oro que no se puede abrir sin llave. Esa llave, lo sabes, es tu sonrisa.
Y si nuestro castillo de arena se derrumba, sólo quedará un tesoro abandonado, solitario entre las ruinas de lo que fuimos, y sin ninguna posibilidad de volver a ser abierto por nadie... porque ya no habrá sonrisas, ni tuyas, ni mias.

en el bus

lunes, 8 de marzo de 2010 a las 19:29
Vas sola en el autobús, leyendo tu libro sin prestar atención a nada más. Ni ventanilla, ni señora sentada al lado, ni problemas que te desconcentran en clase. Y, de repente, levantas la vista y te sobreviene un calor sofocante, de ese que sientes cómo te sube la temperatura por el cuello. Después los ojos se te llenan de lágrimas, pero no sueltas ni una, porque has entrenado a tu mente en eso de disuadirla de hacerte boicot. En lugar de soltar las lágrimas, el universo se alía para que físicamente caigan en otro sitio, y justo donde se ha parado el autobús miras al suelo y están empezando a caer unas enormes gotas, de alguna señora que está regando, pero no importa, porque son lágrimas que caen del cielo, ahorrándote tener que retocarte el rímel cuando llegues a tu casa y veas tu triste reflejo en el cuarto de baño.
Tienes ganas de llorar y patalear, sí, pero te aguantas, como aguanta estoicamente posando ese chico del anuncio de H&M junto al que se ha parado ahora el bus. Tragas saliva, notas ese nudo en la garganta que todavía no has logrado controlar pero que al menos nadie puede ver, y te aguantas. Le echas un par, y te aguantas. Como el resto de los mortales. Te aguantas.

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